DIARIO ANTERIOR. Diario 7:
![]() |
| PLAYA DE CHA-AM |
Habíamos leído que era otro sitio con buenas playas, buena comida y un ambiente bastante familiar, así que buscamos dónde alojarnos y reservamos en el Blue Lagoon Hostel, que vimos que estaba muy cerca de la playa.
Teníamos que mirar cómo llegar de Prachuap hasta Cha-Am y confirmamos que había conexión directa en tren y además nos cuadraba perfecta la hora, porque a las diez de la mañana pasaría el tren y dos horas y pico después estaríamos en nuestro destino.
Iba a ser nuestra primera experiencia con el ferrocarril por esos lares, así que fuimos a la estación bastante emocionados y por 48 Bahts pillamos los boletos para ambos. Algo más de un euro por un viaje de 160 kilómetros para dos personas. Una verdadera ganga, la verdad.
![]() |
| TICKET A CHA-AM |
El tren iba lleno y con diez minutos de retraso pero no fue tan chocante cómo esperábamos, la verdad. Al poco de subirnos, pudimos pillar un par de sitios juntos y sentados al lado de varias señoras mayores que se pasaron el viaje cuchicheando sobre nosotros (o eso es lo que creemos) y disfrutamos del paisaje. Campos de arrozales, pequeños pueblos que no entendíamos cómo tenían estación de tren y obras de mantenimiento alrededor de las vías hicieron el camino bastante ameno. Mención aparte al sinfín de vendedores que recorrían los pasillos una y otra vez anunciando lo que vendían.
Ya acabando el viaje pasamos por Hua Hin, dónde la familia real tailandesa construyó hace ya casi un siglo su palacio de verano, convirtiendo a la ciudad en uno de los principales focos del turismo nacional tailandéses. Cha-am se encontraba siguiendo esa misma línea de costa y de hecho desde ella se veían a lo lejos algunos de los enormes hoteles de Hua Hin.
Al bajarnos del tren, cargados con las mochilas, muertos de hambre y con el calor del mediodía asfixiándonos, los casi dos kilómetros hasta el hostal se hicieron eternos, sobre todo para el maltrecho tobillo de Mireia. Fue una calle recta, pero nos pareció horrible, atestada de coches y sin aceras continuadas, muy "Made in Thailand".
Ya cerca de la playa, a apenas cinco minutos torcimos a la derecha y vimos dónde íbamos a quedarnos... Qué mala pinta tenía el bar que en algún momento de su vida debía haber animado el hostal. Nos recibieron dos señoras que nos dijeron que esperásemos, que tenían que llamar a alguien para que nos entregase las llaves. Nos pedimos una Coca-Cola para refrescarnos y al poco llegó un chaval que nos guió hasta nuestra nueva habitación.
La estancia era enorme, lo mismo tenía 40 metros cuadrados, pero el color verde chillón junto a unos muebles sacados de un mercado de segunda mano, un frigorífico que daba asco y un aire acondicionado que funcionaba de pena iban a fastidiarnos bastante durante esos días. A veces lo barato, sale caro y estropea ciertas experiencias, y esta iba a ser una de las ocasiones.
Se nos había hecho un poco tarde, así que tras soltar las mochilas, ducharnos y tomar un respiro, nos decidimos a buscar donde comer. Tras pasar por el Three Faces Kaffee para comer, aprovechamos que estaba cerca de la playa para echar un vistazo y ver que había un montón de sillas y mesas en la arena, todo preparado para el finde.
Pasamos en la ciudad tres días que resultaron ser festivos relacionados con el budismo, así que no se vendía alcohol en casi ninguna parte y muchos sitios parecían cerrados. Aún así, el centro parecía atestado de turistas y de coches. De verdad, Cha-am es el Benidorm tailandés, con sus cosas buenas y malas.
El primer día completo en Cha-am decidimos que había que sacar provecho de la playa. Nos levantamos dispuestos a madrugar y llegar los primeros a la arena pero entre una cosa y otra (no sé cómo tenemos tanta habilidad para perder el tiempo, la verdad) nos dieron las once y para cuando llegamos a la playa, siendo sábado y festivo, estaba hasta la bandera de familias tailandesas con nietos, abuelos y demás.
Así las cosas, intentamos negociar pillar un par de sillas con una mesa, pero nos pedían muchísimo dinero o nos daban largas, hasta que tuvimos que aceptar que no íbamos a poder estar con los tailandeses y una chica nos dijo que había unas hamacas justo delante de todo el "tinglao local" en que estaríamos cómodos por 200 Baht. Nosotros insistimos en el tema de las sombrillas, hasta que nos pusieron tres para nosotros solos. Era bastante ilustrativo y gracioso ver que sólo había dos parejas de hamacas así, las nuestras y al lado las de una pareja europea con un niño.
A pesar de que no fueron precisamente baratas, acabamos estando muy cerca del mar, sin nada ni nadie que nos impidiese verlo perfectamente y super tranquilos. Cómo el Sol iba y venía entre las nubes pero hacía bastante calor, nos preocupaba quemarnos, así que estuvimos entrando y saliendo del agua a cada rato, disfrutando de un mar que parecía una piscina de lo tranquilo calentito que estaba.
Ya cerca del mediodía yo, que veo una pelota y me comporto como un perro, vi a unos chavales (y no tan chavales) jugando a fútbol junto a la orilla y no me pude resistir a preguntarles si podía jugar con ellos. Sin prácticamente hablar (porque no sabían casi nada de inglés) me dijeron que vale, y trataron de explicarme con que equipo jugaría. Me costó un par de jugadas enterarme pero luego estuve un buen rato jugando y me lo pasé pipa. ¡Hasta marqué un Hack-Trick!
Poco después volvimos al apartamento, ducha y fuimos a comer a un sitio situado frente al del día anterior. La comida tailandesa cada día nos gusta más y encima resulta super económica. El inglés de las camareras brilló por su ausencia, pero oye, ¡le da encanto y vidilla a algo tan simple cómo comer fuera!
Por el ahorro de la mañana decidimos que podíamos darnos el capricho de cenar en un sitio que nos apetecía, una especie de mexicano-americano regentado por un señor tailandés pero que parecía haber vivido en USA. Quizá sea una de las comidas más ricas hasta la fecha la que comimos en el Roadside Restaurant, comida mexicana en plena Tailandia. ¡Guay, sin duda!
Cómo no nos apetecía volver tan pronto al hostal deprimente, dimos una vuelta por el centro mientras anochecía y pasamos por la que debía ser la calle de los pubs y de la vida nocturna, y fue bastante triste. No había mucho movimiento, pero se veía a muchas prostitutas y un puñado de hombres europeos que resultaba evidente lo que hacían allí. No hay que explicar mucho esto, pero da bastante pena que haya gente que aproveche su posición económica para "adueñarse" de según que caprichos.
De no ser por esas escenas, parecía un sitio en que habría sido agradable tomar un mojito...
Tocaba volver al hostal, preparar las mochilas para al día siguiente dejar la ciudad y despedirnos por una temporada de las playas, ¡Ratchaburi nos esperaba a menos de dos horas de tren tailandés de distancia!
![]() |
| DESDE FUERA TAMPOCO TENÍA BUEN ASPECTO |
Se nos había hecho un poco tarde, así que tras soltar las mochilas, ducharnos y tomar un respiro, nos decidimos a buscar donde comer. Tras pasar por el Three Faces Kaffee para comer, aprovechamos que estaba cerca de la playa para echar un vistazo y ver que había un montón de sillas y mesas en la arena, todo preparado para el finde.
Pasamos en la ciudad tres días que resultaron ser festivos relacionados con el budismo, así que no se vendía alcohol en casi ninguna parte y muchos sitios parecían cerrados. Aún así, el centro parecía atestado de turistas y de coches. De verdad, Cha-am es el Benidorm tailandés, con sus cosas buenas y malas.
![]() |
| LA PLAYA DE CHA-AM |
El primer día completo en Cha-am decidimos que había que sacar provecho de la playa. Nos levantamos dispuestos a madrugar y llegar los primeros a la arena pero entre una cosa y otra (no sé cómo tenemos tanta habilidad para perder el tiempo, la verdad) nos dieron las once y para cuando llegamos a la playa, siendo sábado y festivo, estaba hasta la bandera de familias tailandesas con nietos, abuelos y demás.
Así las cosas, intentamos negociar pillar un par de sillas con una mesa, pero nos pedían muchísimo dinero o nos daban largas, hasta que tuvimos que aceptar que no íbamos a poder estar con los tailandeses y una chica nos dijo que había unas hamacas justo delante de todo el "tinglao local" en que estaríamos cómodos por 200 Baht. Nosotros insistimos en el tema de las sombrillas, hasta que nos pusieron tres para nosotros solos. Era bastante ilustrativo y gracioso ver que sólo había dos parejas de hamacas así, las nuestras y al lado las de una pareja europea con un niño.
A pesar de que no fueron precisamente baratas, acabamos estando muy cerca del mar, sin nada ni nadie que nos impidiese verlo perfectamente y super tranquilos. Cómo el Sol iba y venía entre las nubes pero hacía bastante calor, nos preocupaba quemarnos, así que estuvimos entrando y saliendo del agua a cada rato, disfrutando de un mar que parecía una piscina de lo tranquilo calentito que estaba.
Ya cerca del mediodía yo, que veo una pelota y me comporto como un perro, vi a unos chavales (y no tan chavales) jugando a fútbol junto a la orilla y no me pude resistir a preguntarles si podía jugar con ellos. Sin prácticamente hablar (porque no sabían casi nada de inglés) me dijeron que vale, y trataron de explicarme con que equipo jugaría. Me costó un par de jugadas enterarme pero luego estuve un buen rato jugando y me lo pasé pipa. ¡Hasta marqué un Hack-Trick!
![]() |
| ¡Ojo cuidao, que no sabía ni en que equipo jugaba! |
Poco después volvimos al apartamento, ducha y fuimos a comer a un sitio situado frente al del día anterior. La comida tailandesa cada día nos gusta más y encima resulta super económica. El inglés de las camareras brilló por su ausencia, pero oye, ¡le da encanto y vidilla a algo tan simple cómo comer fuera!
Por el ahorro de la mañana decidimos que podíamos darnos el capricho de cenar en un sitio que nos apetecía, una especie de mexicano-americano regentado por un señor tailandés pero que parecía haber vivido en USA. Quizá sea una de las comidas más ricas hasta la fecha la que comimos en el Roadside Restaurant, comida mexicana en plena Tailandia. ¡Guay, sin duda!
Cómo no nos apetecía volver tan pronto al hostal deprimente, dimos una vuelta por el centro mientras anochecía y pasamos por la que debía ser la calle de los pubs y de la vida nocturna, y fue bastante triste. No había mucho movimiento, pero se veía a muchas prostitutas y un puñado de hombres europeos que resultaba evidente lo que hacían allí. No hay que explicar mucho esto, pero da bastante pena que haya gente que aproveche su posición económica para "adueñarse" de según que caprichos.
De no ser por esas escenas, parecía un sitio en que habría sido agradable tomar un mojito...
Tocaba volver al hostal, preparar las mochilas para al día siguiente dejar la ciudad y despedirnos por una temporada de las playas, ¡Ratchaburi nos esperaba a menos de dos horas de tren tailandés de distancia!































